Empezando a nadar de nuevo.

Empezó diciembre y no se si fue el ambiente navideño, los anuncios de TV o que ya llevaba demasiado tiempo con el miedo a cuestas y empezaba a pesar. Pero comencé a plantearme que tal vez era hora de volver a salir al mercado, volver a poner el semáforo en verde o al menos en naranja intermitente. No era necesario tirarme al fondo de la piscina de golpe pero podía empezar a volver a poner los pies en el agua, poco a poco, sin presiones, sin ninguna prisa de que nada sucediese, pero soltando el lastre que había estado acumulando durante meses.
Así que, cuando me preguntaste si quería salir a cenar, está vez no puse las mil escusas de siempre y decidí decir solo una palabra SI.

Desde entonces aquí estas no muy cerca pero tampoco demasiado lejos, reventándome a sonrisas. Sé que el miedo sigue presente. Hay muchos días en los que volvería a echar el pestillo, bajaría las persianas y cerraría por vacaciones. Pero también hay muchos otros en los que pongo el modo avión, me arriesgo y me dejo llevar.
Me resulta emocionante ver como estoy aprendiendo a volver a nadar en el fondo, como los valientes y aunque el agua está fría y turbia en ti encuentro la calma que le falta a mi locura.

En ti encuentro la calma que le falta a mi locura.

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Cuando el espejo no te reconoce #cuéntalo

A veces somos tan drásticos porque después de un largo camino no nos quedó otra opción, nos pasamos años dando oportunidades a personas que nada más nos dimos la vuelta aprovecharon para volver a herirnos. Hemos mirado demasiadas veces por los demás, por querer hacer grandes a esas personas que nos hacían sentir tan pequeños, buscando un mínimo signo de aprobación que por mucho que nos esforzásemos nunca llegaba, por no ensuciar imágenes relatando escenas grotescas que ni al caer la noche y cerrar los ojos podíamos parar de recordar en bucle.

Culpándonos de actos y errores de otros para encontrar explicación a situaciones que ni nosotros mismos sabíamos cómo habían llegado a ese extremo. Llorando por los rincones para esconder nuestra pena y vergüenza, para parecer fuertes aunque por dentro estuviésemos hechos mil pedazos. Intentando no olvidar quién éramos porque ya no quedaba nada de lo que un día fuimos, mirándonos al espejo con una Macedonia mental de culpa, vacío y asco incapaces de recordar lo bonito que tiene la vida, de disfrutar de la compañía de alguien que decía querernos.

Llegamos a pensar que quizás no merecíamos más que eso, llegamos a normalizar situaciones, actos y controles que más que tratarse de relaciones bilaterales parecían operaciones de compra y venta. Se había comprado una propiedad de la cual se podía disponer del modo y forma que creyesen conveniente sin importar que eso que asumían que era de su propiedad no era algo material, era una persona con sentimientos, pensamientos, capacidades, inteligencia y aptitudes que en vez de potenciar, se dedicaban a hacerlas desaparecer.

Probablemente muchos nunca se dieron cuenta de la magnitud de sus actos, muchos justificaron su barbarie con nuestros comportamientos liberales e incoherentes (según ellos claro) y todos terminaron perdiéndonos.

Perdiendo a personas que simplemente estaban completamente enamoradas ( o a eso creímos que evolucionaba el amor) de otras que poco a poco nos habían convertido en su saco particular de boxeo, donde liberaban toda la ira que no eran capaces de gritarle al mundo, cobardes que para sentirse superiores tenían que pisotearnos, hombres se hacen llamar algunos, yo los catalogaría más bien como máquinas de vacío (vamos a mantener la compostura) básicamente porque nos hacen vivir en una eterna lucha por no asfixiarnos dentro de esa bolsa (cárcel) invisible, por sentirnos mínimamente libres, por poder salir de ese pequeño espacio marcado por líneas imaginarias.

¿Recordáis cuando éramos pequeños y en el parque o en el patio del colegio jugábamos a fútbol? No había porterías pero las delimitábamos con unas líneas que nos imaginábamos, había veces que se producían disputas por si la pelota había entrado o no dentro de la portería, pues perfectamente podemos compararlo con las disputas de esta clase de personas. Cuando ya han conseguido introducirse en nuestra mente, eliminar los pensamientos propios, la autoestima, la capacidad de decisión y de libre albedrío cuando ya han conseguido que asumamos el rol de sumisas y que intentemos no salirnos de esos límites bajo ningún concepto, entonces dictan otra regla, nunca tienen suficiente.

Así que si algo tiene que clavarse bien dentro de nuestra mente, si hay algo que bajo ningún concepto debemos olvidar, si hay algo que tenemos que tener siempre presente es que “somos mujeres, y podemos con cualquier cosa”

puede que no nos diésemos cuenta de cómo llegamos a ese extremo y es obvio que no tenemos ninguna culpa de lo que nos ha pasado. Pero una vez viendo que nos hemos metido dentro de la boca del lobo debemos ser valientes, fuertes, dejar de tener vergüenza, dejar de tener miedo, no somos culpables, nada de lo que hemos podido hacer merece un trato semejante, pero si nosotras mismas no nos damos cuenta y no decidimos ayudarnos a nosotras mismas, nadie va a poder hacerlo.

El amor no es posesivo, no es territorial ni doloroso, y si es así, es que no es amor.

Librémonos de los grilletes y salgamos a comernos el mundo, porque cualquier cosa que nos propongamos está a nuestro alcance, “no somos el sexo débil, somos mujeres y podemos con todo”.

#CUÉNTALO

Pasado, Presente y Futuro

Viviendo para ser feliz y no intentando ser feliz para vivir.

Un año después con una copa de vino en la mano, calada a calada consumiendo este cigarro, escribiendo esto con una sonrisa incesante, agradeciendo al tiempo por el día que te marchaste. No podía imaginarme una noche sin ti a mi lado en la cama o a la otra parte del teléfono, no podía imaginarme regalándole sonrisas al tiempo.

Sin saber que será de mí mañana pero sin importarme siquiera. Tengo claro que el tiempo a nadie espera. Viviendo para ser feliz y no intentando ser feliz para vivir, sola aunque no literalmente, esa parte ya no es presente. Gracias a ti que jugaste a convertir mi corazón en un puzle, esparciendo las piezas por lugares lúgubres, que jugaste a deshojar margaritas decidiendo qué días merecía palabras bonitas y qué otros, indiferencia infinita. Hoy soy lo que soy.

Aunque nunca llegué a encontrar todas las piezas, te doy las gracias, ya que no las necesitaba. He creado nuevas piezas, unas más bonitas y más pesadas, unas que cuando encajan una vez ya no se sueltan, ya no se pierden, son propiedad privada.

Desde entonces me he convertido en la ingeniera de mi vida, y me encanta, disfruto viendo como el tiempo avanza. Creadora de patrones con pendiente y alzada, sin escuadra y cartabón, sino a mano alzada, siempre me han gustado las reformas, con el tiempo, al corazón le puedes incluir mejoras. Como bien sé ahora, nada tiene por qué ser estático, mi corazón está inquieto, es efímero, voluble, sabe que todo mal es soluble. Han aparecido personas con fecha de caducidad que pasan por mi vida para aportar felicidad.

He dejado de ser analista de problemas ya pesaba ese lastre, prefiero ser creadora de sonrisas y disfrutar mientras el tiempo avance, no necesito palabras bonitas ni ningunas manos que me alcen, puedo hacerlo yo misma, hoy sé que todo está a mi alcance.

He descubierto que nada dura para siempre y ha dejado de importarme el mañana, prefiero que la vida me sorprenda, a que la incertidumbre me DESHAGA.

Un poco de mí

De niña mi mayor pasatiempo era devorar libros, lo que al principio eran pequeños cuentos de pocas páginas empezaron a doblar su volumen con el paso de los años. Algunas noches mis padres me amenazaban con quitármelos, ya que, cuando empezaba a leer me costaba darme por satisfecha, cerrar los ojos y dormirme. Había días en los que me hacía la dormida y cuando escuchaba la puerta de su habitación cerrarse sacaba mi farolillo, mi libro de debajo de la almohada y seguía leyendo hasta que mis ojos se cerraban solos. Probablemente por mi pasión por los libros empecé a escribir. He escrito siempre un poco de todo y hasta ahora nunca me había centrado, pero la escritura supongo que más dormida o despierta siempre ha corrido por mis venas. Cuando era pequeña me sentaba en el escritorio de mis abuelos, en uno de esos sillones de cuero y metal típicos de los años 90 y que a día de hoy mi abuela sigue teniendo en la cocina de su casa (la verdad es que me encantan). Cogía la máquina de escribir y empezaba a teclear pequeños relatos de un delfín al que yo llamaba Fliper. Aún recuerdo la cantidad de veces que me equivoqué en alguna letra y como buena chica perfeccionista y exigente que soy volvía a empezar, porque ya no quedaba igual de bonito. Cuando ya era más mayor me dediqué a escribir diarios contando las vivencias de mis años de juventud, lo que desencadenó que empezase a escribir pequeños fragmentos sobre mi visión del mundo. Fragmentos que no cuadraban con nada para poder hacer una historia lógica y que mediante este blog pretendo empezar a darles forma.